domingo, abril 28, 2013

El Merengón, sobre su origen colonial (hoy en El Nacional)


An excellent foo
Este era el postre de la gente pudiente en la Colonia, tanto por sus ingredientes como por el trabajo que exigía

ILEANA MATOS
28 DE ABRIL 2013 - 12:01 AM

Los merengones que más gustan son el de guanábana y el de níspero, los mismos que se preparaban durante la Colonia. Era postre de gente pudiente, tanto por los ingredientes como por el trabajo que exigía, y acompañó en esa lista al brazo gitano de guayaba, al bienmesabe de coco y al quesillo de piña.


Es lo que dice el capítulo Dulcería Criolla, del Cuaderno de Cultura Popular editado por la Fundación Bigott, recuerda Luis Eduardo Ascanio, de Aguademaíz, empresa dedicada a la elaboración de comida venezolana por encargo. "El de Elena Iturriza, mi socia, es de los mejores; sigue la receta de su tía Felicia Calcaño, quien ganó fama en Caracas por su merengón".

El secreto está en el suspiro. Para su preparación Iturriza sigue la técnica francesa: agrega el azúcar poco a poco a las claras de huevo y mezcla a alta velocidad. Cuando alcanza el punto de nieve adecuado extiende la mezcla sobre papel de aluminio engrasado con una paleta repostera, cuida que no quede muy grueso y la lleva a un horno caliente por alrededor de 35 minutos.



sábado, abril 27, 2013

Sobre el origen del café y las antiguas leyendas


El Café
Y la leyenda del príncipe desterrado




Seguimos con las leyendas acerca del origen del café. En esta ocasión hablaremos acerca del príncipe Omar, hijo de Abul Assan Sehahdeli.  En ninguna de las enciclopedias, diccionarios de personajes de historia y de la literatura que tengo a mi alcance, ni en Wiki pedía, ni en los diccionarios disponibles en internet a través del navegador  Google y de Internet Explorer, hallé referencia o información acerca de estos dos personajes antes mencionados.

Sin embargo la leyenda es muy bonita y alimenta la imaginación,  como aquellas películas que vi cuando era niño: camellos, desiertos, lámparas mágicas, sultanes, y lugares exóticos y desconocidos.

Trascribo aquí un texto con esta leyenda citada del libro LA MAGIA DEL CAFÉ, de Jaime Henao Jaramillo, 1992;  libro escrito para conmemorar los 50 años de Café Fama de América.

 “Otra taumatúrgica leyenda sobre el origen de la deleitosa infusión se atribuye a Abu-bex, sabio de La Meca, autor del poema titulado El triunfo del café. En estilo sonoro, refiere que Omar, el hijo de Abul Assan Sehahdeli, a quien, con alguna duda, se atribuye la fundación de Moka, o Mocca, fue castigado por su padre a sufrir pena de destierro, por falta de orden moral.
Como para cumplir el destierro le fue señalada al aldea de Ousab, circundada por tierra muy estéril, en un principio sufrió grandes penalidades por carencia de alimento, pero logró sostener sus energía a base del diario consumo de la bebida preparada con los bermejos frutos de un arbusto, que más tarde se comprobó no ser otro que un cafeto.
Mientras Omar cumplía su destierro fue visitado por un monje a quien, a causa de una grave dolencia, su comunidad le había impuesto vivir aislado en el desierto vecino de Ousab. Con generosa hospitalidad, Omar lo acogió en su humilde refugio y, como único alimento, le brindó la mágica bebida que le había mantenido en tan favorables pero extrañas condiciones de salud.
A escasos días de llegado al lugar, el desdichado monje se vio libre de todas sus dolencias físicas. Agradecido a su providencial y ocasional compañero de infortunio, decidió presentarse en su convento para referir el milagro de su curación. Al regresar a su sede, relató a sus sorprendidos hermanos de religión los maravillosos efectos de la infusión que Omar le brindara, patentes en el nuevo estado de completa salud y en el extraño gozo que experimentaba cuando consumía la sin igual bebida.
Como demostración de reconocimiento para su hospitalario compañero de asilo, los derviches iniciaron los preparativos para rescatar al confinado Omar, más con la intención de conocer y probar la desconocida bebida, de tan sorprendentes consecuencias, que de alcanzar el perdón que implorarían de su padre.
Para exaltar el estupendo descubrimiento, los derviches condujeron a Omar a La Meca, en donde en apoteósicas demostraciones de reconocimiento, le prometieron que en su honor le construirían una mezquita, en un florido y umbroso valle vecino a los predios del monasterio. El prior calificó al café como “ dádiva divina” y presente celestial que ayudaría a los monjes a soportar su vida de privaciones y ascetismo y los confortaría cuando, en horas nocturnas, debieran levantarse a cantar sus maitines y vísperas.”


LA MAGIA DEL CAFÉ, de Jaime Henao Jaramillo, 1992. Pp. 11 y 12)





domingo, abril 21, 2013

Sobre el origen del Café y las antiguas leyendas.


El Café
(Coffea arabica)



Hubo un tiempo, donde se creyó que el cafeto era una planta originaria de Arabia Feliz, tierra que hoy llamamos Yemen. Pero según antiguas leyendas, este primitivo arbusto es nativo de la remota Abisinia en Etiopía. Las leyendas fueron escritas por poetas orientales inspirados en la “fragante bebida”, y hablan  sobre pastores de cabras y monjes apartados en lejanas praderas, sobre un príncipe desterrado por inmoral y sobre un hombre buscando mejor fortuna. Según estos añejos poetas el linaje de tan “fabuloso arbusto” se remonta a “un jardín sonoro de arpas (…) y lo vieron monjes que en los floridos boscajes de Abisinia apacentaban sus rebaños de cabras, mientras disfrutaban del acompasado rumor de las aguas del río Omo.”

     Las viejas leyendas cuentan que el hallazgo de la mágica bebida lo hizo un monje pastor de cabras llamado Kaldi; miembro de un monasterio ubicado en una recóndita tierra de nombre KAFFA. Día tras día, Kaldi llevaba el rebaño de cabras a pastar “a valles y praderas de algunas de sus escarpadas montañas, cubiertas de arbustos de diferentes especies, de los cuales obtenían su alimento.” Un día se dio cuenta que sus pacificas cabras estaban despabiladas y jugaban, sin cansarse, en torno a él.  Impresionado y curioso vio que se comportaban así cuando el rebaño comía de “arbustos cubiertos de brillantes hojas verdes, cuyas ramas sostenían racimos de frutos escarlatas.” La curiosidad del pastor Kaldi hizo que preparara una bebida con el fruto y las hojas de la vistosa planta “…y de inmediato se sintió poseído de muy extraña y dulce sensación de alegría. Transformando su monótona vida en permanente bienestar.” Luego, Kaldi, muy generoso, decidió compartir su descubrimiento y la dicha que le producía la bebida y le “…refirió sus efectos a los monjes de su monasterio quienes, al oír tan extraña relación, procedieron a probar la infusión…”    Probaron y acordaron que con aquel “agradable elixir podían soportar mejor las vigilias exigidas en las reglas de su comunidad.”

Al mismo tiempo, en otro lugar, hacia el año 1.420, un naturalista musulmán llamado  Gemaledin cumplió su deseo de llegar hasta las recónditas tierras de Abisinia. Viajó  “desde Arabia Feliz hasta la costa de Etiopía…” buscando “noticias sobre el hallazgo de un precioso vegetal, con cuyos frutos se curaban todas las dolencias físicas.”  Con la esperanza de encontrar este regalo celestial, arrancó su difícil y prolongado viaje a través de “riscos de cordilleras carentes de plantas” comestibles, padeciendo cansancio y sed hasta quedar agotado y sin fuerzas.

Un día, después de haber reposado, restableció la marcha y  “…en una pradera aún humedecida por el rocío, felizmente descubrió la presencia de un modesto monje… que apacentaba un rebaño de cabras de lustrosa piel.” El monje pastor lo recibió con mucha hospitalidad. Gemaledin le contó que venía de muy lejos y había llegado a tan apartadas tierras buscando “una planta milagrosa, de cuyos frutos se obtenía una bebida que, al ingerirla, producía euforia y atenuaba el cansancio.”  Pero el naturalista no sabía que estaba hablando con Kaldi, el creador del maravilloso tónico. “El monje pastor, el primero en disfrutar de la mágica bebida, fue hospitalario con su inesperado huésped: le confirmó la veracidad de la existencia del fabuloso arbusto y de la bebida obtenida de sus frutos…”

Gemaledin estaba ansioso por regresar a su tierra y dar a conocer su descubrimiento. Organizó su viaje de regreso y solicitó al monje pastor que le ayudara con provisiones para tan largo y difícil camino de regreso. El monje pastor le ofreció alimentos de todo tipo pero especialmente le regaló muchos arbustos de cafeto y le explicó con detalles la manera de sembrarlos y el modo de preparar la bebida “obsequiándole suficiente cantidad de infusión y asegurándole que con solo consumirla periódicamente tendría suficiente para hacer un viaje desprovisto de fatigas, placentero y feliz.”

Llegó  Gemaledin a su tierra natal, ese “oculto paraje en el Valle de Yemen”, y sembró la planta del cafeto tal como el monje pastor le había enseñado. Allí cultivó y pronto recogió una abundante cosecha “a pesar del adverso clima caluroso del desierto, tan diferente al de las umbrosas y frescas selvas de Abisinia.” Y así, Gemaledin,  llevado por su generosidad,  regaló semillas de cafetos a todos  a sus vecinos de la comarca. “Y a medida que se extendía la fama de la novedosa y fragante bebida, el comercio de la azulada almendra conquistaba nuevos territorios, iniciando así su capacidad invasora…para llevar bienestar, en lugar de penas, como otras invasiones.”

“El gobierno y pueblo de Arabia Feliz prodigaron a Gemaledin los justos honores a que se hizo acreedor por haberle proporcionado a su país la riqueza de la sin par y singular bebida. Se hizo famoso, hasta alcanzar el gentilicio de Gemaledin Abu Mahamet Bensin, para glorificar su aldea natal. Se bendecía su nombre deseándole el paraíso de Alá. Historiadores que se refieren al origen del cafeto, afirman que la muerte de Gemaledin ocurrió en el año 1497.”


(Todas las citas expresadas en cursiva corresponden al libro LA MAGIA DEL CAFÉ, Jaime Henao Jaramillo, Caracas 1.992, a propósito de los 50 años de Café Fama de América)

Nota: Sirva el presente escrito, basado en el libro arriba citado, como difusión de nuestro acervo cultural y todo lo que implica para el desarrollo y permanencia de nuestra historia y cultura gastronómica. sin otro propósito que aquel de compartir con los visitantes de este blog, las lecturas interesantes y educativas que llevamos a cabo los fundadores de Aguademaíz, Culinaria Vernácula.

sábado, abril 13, 2013

La Batata


La Batata
(Ipomea batatas)



  Es un tubérculo nativo de América tropical. Los conquistadores lo llevaron a España desde Santo Domingo, en el siglo XVI. Al conquistador Fernández de Oviedo le gusto mucho la batata y dijo que era “uno de los preciosos manjares que ellos tienen.” También dijo que su “sabor no es inferior al de los gentiles mazapanes y que se puede presentar a su Cesárea Majestad por muy prestigiado manjar”. Hubo otros cronistas de América que rendidos ante esta raíz tan sabrosa, compararon su sabor con el de las castañas españolas.
Veamos a continuación la transcripción de un texto del recetario de la señora Juana Barría, de Argentina, llamado: EL OTRO ORO DE AMÉRICA  LOS ALIMENTOS Y LA COCINA DEL NUEVO MUNDO, Editorial ALBATROS, República de Argentina, 1992.


“En virtud de la distribución geográfica de las batatas, hay quienes avanzan la hipótesis de contactos entre América de Sur y la Polinesia antes del descubrimiento: o los polinesios las llevaron de Sudamérica a sus islas o serían los indios de Sudamérica quienes la habrían llevado en sus viajes a la Polinesia. Lo que si sabemos con seguridad es que los polinesios la llevaron a Hawai.

  La batata es una planta rastrera que florece raramente y, por lo tanto, produce semilla aún más raramente. Ya Fernández de Oviedo observa “que se siembran de la misma rama”.     Existen muchas variedades. Varía la forma del tubérculo y también el color de la pulpa, que puede ser amarilla, asalmonada o rosada. Pese a su parecido con la papa, no tienen el menor parentesco y, a diferencia de esta última, la batata fue aceptada sin recelos en los diferentes países y continentes adonde llegó. Durante un tiempo fue llamado “patata dulce española”.

  
  Al parecer los navegantes portugueses la llevaron desde América al sur de la India a principios del siglo XVI y de allí pasó a Indonesia. A mediados de ese mismo siglo, Francis Drake la llevó a Inglaterra. En Francia se hicieron famosas cuando, en el siglo XVIII, la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón, probablemente por nostalgia de su tierra, la isla de Martinica, comenzó a cultivarlas en su huerto.
  También fue introducida con todo éxito en Asia y en África. Durante mucho tiempo, y todavía en la actualidad, acompañó al maíz en la dieta básica de muchos pueblos.

  La batata. Además de su agradable sabor, contiene hidratos de carbono, bastante vitamina A y también vitamina C. Es rica en almidón, azúcar, calcio, hierro y tiene bastantes calorías. Es de muy fácil digestión.
Prácticamente en todo el continente americano se consume a diario, en toda clase de cocidos, pucheros, cazuelas o, simplemente hervidas o asadas para acompañar carnes y aves. También se utiliza mucho en repostería, sobre todo en América Central,  El Caribe y Las Antillas.

 Una de las maneras más simples y mejores de comerlas es asadas,  envueltas en papel de aluminio y servidas con miel o manteca.
  El único problema de las batatas es que se ennegrecen muy rápidamente en contacto con el aire. Por este motivo, apenas peladas hay que sumergirlas completamente en agua fría hasta el momento de cocinarlas”.

domingo, abril 07, 2013

El Merengón


El Merengón



Mi primera infancia transcurrió entre fogones de leña, horno de barro, budares, canarines, agua de quebrada, conuco de maíz, yuca y caña de azúcar. Mi mente conserva imágenes de utensilios rudimentarios y hasta primitivos como el sebucán, el pilón, la máquina de moler, todos para procesar los frutos cultivados en suelo del conuco.

El jugo de la caña de azúcar era uno de mis favoritos. Desde muy niño escuché a los mayores decir que de allí venía el papelón y el azúcar con la que endulzaban el café. Puede parecer increíble, pero había algo que prematuramente trataba de entender: cómo aquel jugo dulce y turbio, parecido al agua revuelta de la quebrada, podía ser el polvo blanco y fino que mi abuela le echaba a los huevos en la cocina.

A mi abuela Isabel, le gustaba mucho cocinar. La recuerdo frente al fogón. Hacía domplinas, pan con pasas, torrejas, conservas de guayaba, de coco, de plátano maduro, jaleas de mango y algo inolvidable: suspiros.

Los cocinaba en un horno de barro que ella misma fabricó en el patio de la casa. Mi abuela estaba muy ocupada cuando hacía suspiros: iba a la sabana a recoger leña para el horno, luego al gallinero para retirar los huevos frescos, y todavía tibios, del nido de las gallinas. En la cocina tomaba un cuenco pesado de peltre blanco, un batidor de alambre y una cuchara. Partía uno por uno los huevos, les daba un golpe con una cuchara y con la punta de los dedos los separaba y no dejaba caer aquella pelotica amarilla que estaba dentro del huevo; solo la clara caía en el fondo del cuenco, un liquido espeso y transparente. Después con una cuchara empezaba a echar el polvo blanco y fino llamado azúcar (aquel que venía del jugo de la caña). Con un batidor de alambre comenzaba a batir y a batir, con fuerza, mientras poco a poco agregaba cucharadas de azúcar, una tras otra hasta que lograban una espuma espesa, suave y dulce. Era un trabajo de dos mujeres pues mientras mi abuela batía mamá agarraba bien el cuenco; mi abuela y mamá sudaban, pero a la vez se reían mucho. De pronto como si estuvieran muy apuradas pasaban a echar sobre una bandeja de metal pequeñas porciones de aquella espuma blanca, corrían al patio y metían la bandeja en el horno de barro que estaba caliente por el fuego de los tizones. Pasaba un rato, volvían al horno y sacaban la bandeja con de unas cositas blancas que habían crecido y eran duritas por fuera. Era un momento maravilloso, mágico que mis ojos contemplaban, lleno de emoción y ansioso porque me dieran a comer uno. Había que esperar que se enfriaran y entonces nos daban los suspiros a los pequeños primero. Qué momento tan especial, recuerdo perfectamente como aquellos suspiros de mi abuela tenían la corteza durita y crujiente por fuera y por adentro estaban jugosos, suaves y dulces como el melao de papelón o como la miel de las abejas.

Han pasado muchos años y ahora yo estoy frente al fogón. Hoy en día entiendo perfectamente la relación estrecha que hay entre esos suspiros de mi abuela y los merengones que por primera vez probé de Elena Iturriza, mi compañera y madre de mis dos hijos Lorenzo y Rodrigo.


    Igual que mi abuela, ella elabora merengues con la técnica francesa la cual consiste, básicamente, en ir agregando poco a poco cucharadas de azúcar, y batir a alta velocidad en una batidora las claras de huevo junto con el azúcar. Luego que se alcanza el punto de nieve deseado se coloca la mezcla sobre un papel de aluminio engrasado, se entiende un poco con la paleta repostera, no mucho, debe quedar ancho y grueso, luego se lleva al horno bien caliente, se espera como unos 35 minutos y se obtienen unos súper suspiros o merengues grandes, con la corteza firme y crujiente por fuera y por adentro cremosos, húmedos, dulces como un panal de abeja.

Estos merengues son ideales para preparar los merengones de frutas. Los merengones de frutas son preparaciones culinarias que tienen sus raíces en el período de la Colonia, según información obtenida en el Cuaderno de Cultura Popular de la Fundación Bigott llamado Dulcería Criolla del año 2004. Allí nos tratan de explicar que para esa época, un merengón era un postre cuya preparación “exigía recursos y dedicación especial”. Al parecer desde esa época colonial se preparan en nuestra cocina criolla merengones de guanábana y de níspero. Formaban parte de otros postres de igual exigencia y dedicación como el brazo gitano de guayaba, el bienmesabe de coco y el quesillo de piña. Un merengón, según nos explican en este cuaderno de dulcería criolla, es un “Postre que requiere la preparación de al menos dos moldes grandes de merengue cocido, una crema pastelera, y frutas en trozos, como melocotones, duraznos, alternativamente, capas de merengue, crema y frutas.” (DULCERÍA CRIOLLA, Cuadernos de Cultura Popular, Fundación Bigott, Año 2004, P. 31)        

Esta definición me hace pensar no ya en la época Colonial de Venezuela, sino en el siglo XIX, cuando los venezolanos imitábamos a los franceses incluso en la gastronomía. Merengue con técnica francesa, crema de leche batida y fruta frescas como la guanábana y el níspero no son más que una adaptación criolla de un postre con raíces Europeas, particularmente de la cocina francesa.

En Aguademaíz preparamos muchos tipos de Merengones: los clásicos de guanábana y níspero. Al primero lo adornamos con trozos de kiwi para dar color y contraste. Al segundo lo combinamos con zapote, el de color rojo ladrillo y textura muy parecida al níspero; también para dar contraste entre el color blanco de la crema y el suspiro y el color crema del níspero y ese rojo ladrillo.

También hacemos   merengones de fresa, otro clásico y muy especial, el de mango y parchita que es el más divertido tanto de sabor como de color, el merengón de pulpa de anón y alquejenje o la uchuva como muchos la llaman. Y así, podemos usar la imaginación y combinar las frutas que queramos para armar un postre exquisito, extraordinario, muy elegante y fresco como es un merengón de fruta.

PIMENTÓN AHUMADO CON QUESO DE CABRA. RECETA DE AGUADEMAIZ




http://www.eluniversal.com/vida/130406/recetas

sábado, septiembre 15, 2012

5 Sentidos: Tendencias Gastronómicas

5 Sentidos: Tendencias Gastronómicas: Foto: Slow Food Desde que el mundo es mundo los seres vivos han tenido la necesidad de buscar alimentos para nutrirse, pero una de l...


Desde que el mundo es mundo los seres vivos han tenido la necesidad de buscar alimentos para nutrirse, pero una de las consecuencias de la vida moderna ha sido convertir a través de la abundancia, la variedad y la facilidad de conseguir todo tipo de alimentos, que esa necesidad de alimentarnos la podamos convertir en un placer.
Consecuencia de ello es la aparición de la gastronomía como la conocemos actualmente y posteriormente una serie detendencias y movimientos gastronómicos, que estan marcando las pautas alimenticias que hoy por hoy tenemos los seres humanos.

En esta ocasión les vamos a hablar, y tratar de explicar el origen y en que consisten algunas de estas tendencias o movimientos, algunas a mi manera de ver solo son redescubrimientos de lo que ya existía y otras verdaderas revoluciones dentro del concepto que hasta hoy teniamos de la cocina.

El plátano: rico en hierro y bajo en sodio - Vida - EL UNIVERSAL

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ENAMORADOS - Vida - EL UNIVERSAL

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Un azúcar antiguo - Cocina y Sabor - Estampas

Un azúcar antiguo - Cocina y Sabor - Estampas

viernes, septiembre 14, 2012

jueves, agosto 23, 2012

Una pavlova criolla




Una pavlova criolla de  anón

Se construye con pulpa de anón, merengue moldeado en forma de nido, crema de leche espesa batida y frutas frescas para adornar. El relleno puede ser con las frutas que desees, cuidando la armonía.

Prepárala así:

·        Abre 3 anones grandes, maduros y frescos; uno a uno y con los dedos saca las semillas y extrae la pulpa. Corta 12 fresas maduras y frescas en cuatro mitades o a tu gusto. Igualmente corta en láminas delgadas un kiwi maduro y fresco. Reserva y enfría todo por separado en la nevera hasta el momento de usarlo.
·        Antes de hacer el merengue prepara dónde vas a hornearlo: puede ser una bandeja de metal plana. Coloca sobre ella un pedazo de papel de aluminio y píntalo o engrásalo bien con margarina. Sin excederse.
·        Para hacer el merengue bate a alta velocidad, en el cuenco de una batidora eléctrica, la clara de 3 huevos frescos y grandes hasta que estén firmes. Sin dejar de batir incorpora, cucharada por cucharada, 100 grs. de azúcar blanco. Prueba un poco la mezcla; los granos de azúcar no deben sentirse. Luego agrega 1 cucharadita de maicena y 1 de vinagre blanco, bate un poco más. Por último, agrega  gradualmente 80 grs. de azúcar pulverizada y bate hasta que la preparación esté espesa, lisa y que con un tenedor puedas formar picos firmes.
·        Saca la bola entera de merengue del cuenco con una espátula de goma y colócala en el centro de la bandeja. Con el dorso de una cuchara  metálica extiéndela del centro hacia los extremos hasta hacer un plato de 25 cm de diámetro, aprox. Haz un hueco en medio del merengue buscando la forma de un nido.  Cuando tengas el nido llévalo al horno a 300º grados Fahrenheit o 150º centígrados, durante unos 45 minutos. Toca la corteza del merengue, si está dura o firme, apaga el horno y déjalo adentro hasta que se enfríe. Sácalo y resérvalo hasta su uso.
·         Monta 1 taza de crema de leche espesa: primero enfría en el congelador el cuenco de la batidora con su globo o aspa y la taza de crema de leche espesa, por unos 20 minutos. Cuando todo esté bien helado pon a batir la crema de leche en la batidora a alta velocidad. Si quieres puedes agregar ¼ de cucharadita de vainilla y ¼ de cucharadita de ron o wisky. Bate hasta que la leche se ponga espesa, suave y firme.
·        Por último, toma el merengue en forma de nido y rellena el fondo con la crema de leche espesa batida, cubre bien con toda la crema. Luego, encima de toda capa de crema coloca la pulpa de anón reservada y adorna con las fresas y el kiwi, a tu gusto. Llévala a la nevera, tapada preferiblemente, y enfríala durante una hora antes de servirla. Mientras más fría mejor. 

Puedes encargarla: 04167903480/04164060304/ Elena o Luis.

miércoles, julio 25, 2012

Pequeño homenaje a Caracas, 445 años de fundada,

Hoy, 25 de julio de 2012, cumple nuestra amada ciudad 445 años de su fundación. El texto que sigue a continuación es un mínimo pasaje escrito de nuestra historia, que describe áquel momento cuando el conquistador Diego de Losada estableció el sitio o terreno donde sería construida la ciudad. Es un texto que abre nuestra imaginación al pasado y a un testimonio que nos explica lo que sería el origen de Caracas.

El Centro Histórico

"Plaza Bolívar, principios del siglo XX. En Homenaje al Cuatricentenario de la Ciudad de Caracas”


Escenario de importantes acontecimientos de nuestra vida política, la Plaza Bolívar, antiguamente Plaza Mayor de Caracas fue el sitio elegido aquel 25 de Julio de 1.567, Día de Santiago Apóstol, por el Capitán Diego de Losada para establecer la nueva ciudad. Aunque el acta de su Fundación no ha aparecido, algunas relaciones de Oviedo y Baños nos dan a entender que la ceremonia debió efectuarse bajo la arboleda y en presencia de los frailes Blas de la Puente y Baltasar García, quienes venían en la expedición acompañando a los pobladores, de todo lo cual tomaría nota el escribano Alonso Ortiz. Según expresa el historiador Hermano Nectario María, entró Losada al valle de Caracas con ciento treinta y seis hombres en total y no con el número que señala Oviedo y Baños. En el mismo sitio y aquel día debió cortar el capitán español con su espada las ramas de algunas de las plantas silvestres halladas en el sitio y haciendo con ellas una cruz la sembró en medio en nombre de Dios Todopoderoso, señalando luego con su mano el naciente y el norte, en donde de acuerdo con las indicaciones del Rey debían construirse la Iglesia y las casas para el asiento del Cabildo o Ayuntamiento, la casa de armas o cuartel de la guardia y la morada del Gobernador.


El escritor Carlos Manuel Moller observa que en caso de nuestra Plaza Mayor no siguió Losada las normas establecidas según las cuales las plazas principales deberían tener forma rectangular, esto es, más largas que anchas, a fin de favorecer la celebración en ellas de las tradicionales fiestas de cañas y los desfiles o torneos de caballería. Prolijo sería enumerar en tan breve espacio los hechos más sobresalientes desarrollados en el centro histórico de una ciudad que alcanza ya los 400 años. Bastaría recordar que fue desde aquel escenario donde resonó por primera vez en abril de 1810 el grito que iría a encender en América la llama de la libertad y poner fin a la dominación española. La imagen o grabado corresponde a una hermosa versión tomada a principio de siglo por el artista Alberto Fessler, cuyo original se haya en la sala principal del Hotel Waldorf en Caracas. Corresponde la presente interpretación a un aspecto parcial del cuadrilátero en el primer cuarto de siglo, quizá con motivo de la celebración de alguno de los tradicionales conciertos nocturnos a cargo de la Banda Marcial que con tanto acierto dirigía el siempre recordado Maestro Pedro Elías Gutiérrez, autor del “Alma Llanera”. La foto es cortesía de Don Fedérico Schlessinger.

(GUILLERMO JOSÉ SCHAEL, Caracas De Siglo A Siglo, Gráficas Edición de Arte, C.A. Segunda Edición, 1966, Pág. 10).

domingo, julio 01, 2012

Torta Venezolana




La Torta Venezolana de Casilda

La cocina de Casilda es un libro o recetario regalo de mi comadre Irene Pérez Schael, en junio del 2003. Lo escribió su tía Graciela Schael Martínez. Irene colocó en mis manos un texto para disfrutar y aprender de cocina venezolana. Explica y brinda información con cantidades y modo de preparación, incluso propone algunos “Menús Prácticos”  semanales, de Lunes a Domingo, para la casa o el hogar. No creo que podamos con ellos en un hogar normal de hoy en día, honestamente. La labor de la cocina de hace 50 años atrás o más, era para una mujer responsable de su hogar, amas de casa y por tanto ejecutantes del oficio de cocineras o jefas de cocina.
Como ejemplo, les transcribo el menú de un día domingo. Lo que sigue es comida exquisita, elaborada y que implica mucha dedicación, sólo lean e imaginen que se ocupan en este menú:


“DOMINGO: Almuerzo, Guisado de garbanzos con cochino, Albóndigas de pescado, Ensalada de aguacate, Dulce de tomates, Frutas. Café. COMIDA, Sopa de cebollas, Pollo con papas, Espinacas en salsa. Dulce de peras (orejones) Bizcochuelo espuma, Café con leche.”
(Graciela Schael Martínez, La Cocina de Casilda, Recetas Criollas, Sexta Edición, aumentada y revisada)

No poseo el año ni la editorial de este ejemplar. Es sexta edición, de 100 ejemplares. Supongo que fue un libro de cocina con éxito (tema para averiguar). La señora Graciela Schael asegura que brinda “recetas prácticas y fáciles de preparar” y con ingredientes al alcance de todos. Afirma que es un texto de cocina criolla, de platos tradicionales “explicados en forma clara: Confiamos en que estos MENÚS PRÁCTICOS con que iniciamos este trabajo libraran de inquietud a quienes preocupa la contestación a la pregunta: ¿qué se cocinará hoy?” (Graciela Schael Martínez, La Cocina de Casilda, Recetas Criollas, Sexta Edición, aumentada y revisada, Prefacio).

Llamó mi atención la Torta Venezolana. Sólo el nombre es inspirador. Es una torta de plátano maduro y queso, básicamente. Luego lleva buena cantidad de azúcar blanco, mantequilla (no margarina), canela en polvo, vino blanco, ciruelas pasas sin semillas, leche, huevos y almendras dulces en trocitos.

La torta venezolana de Casilda, puedo decir que es otra manifestación excelente y fiel de nuestro sabor criollo: dulce, salado, cierto amargo y ácido. Aroma a especias y a frutos secos como la canela, la ciruela pasa y la almendra, sabor amargo y ácido del vino blanco. Aroma de plátano maduro horneado, dulce, suave, casado con el queso blanco criollo y la mantequilla. Las almendras le dan prestancia y es divertido en la boca cuando muerdes los trocitos tostados. La torta venezolana de Casilda es delicada y recuerda en gran medida a la torta de queso colonial o criolla o torta melosa, como muchos la nombran.

A continuación les transcribo la receta, tal cual:

“TORTA VENEZOLANA

Se prepara así: se sancochan tres plátanos maduros; se les sacan las venas; se muelen y se mezclan con un cuarto de kilo de azúcar, un cuarto de kilo de queso blanco, un cuarto de kilo de mantequilla, media cucharadita de canela en polvo, media taza de vino blanco, un octavo de kilo de pasas sin semillas, un cuarto de litro de leche, dos huevos batidos, 50 gramos de almendras dulces partidas en trocitos, una cucharada de mantequilla para untarle al molde.
Todo esto se mezcla bien, que se forme una masa unida. Se enmantequilla el molde, se vacía en él la mezcla y se pone a hornear en el horno, calentando a temperatura de 350º F.”

(Graciela Schael Martínez, La Cocina de Casilda, Recetas Criollas, Sexta Edición, aumentada y revisada, pág. 84)

Cuando hice la torta me encontré con un plato de genuino sabor criollo y excelente aspecto después de horneada y fresca. Me atreví a sustituir el plátano sancochado por horneado, para restar líquido a la preparación; luego las "almendras dulce", no las conozco, al menos no el concepto, así que usé almendras enteras tostadas y cortada en trocitos. Las ciruelas pasas las corté en cuatro pedacitos; el dulce y sabor que aporta es definido y consistente, los sé por la Torta de Pan, queda mucho mejor con ciruelas pasas en lugar de pasitas. El vino blanco que usé fue el de cocina Cartacho, posee acidez, amargo y un fuerte olor a frutas. Y luego, para explicar el dato de la receta original, un octavo (1/8) de kilo son 125 grs.


Sin embargo, la torta no es firme o sólida. Se desborona cuando la cortas. Pensé que iba a resultar con la consistencia de un Quesillo o de una Torta de Queso Colonial o Criolla. Resultó muy suave, muy delicada pero no consistente. Creo que con 2 cucharadas de harina de trigo, como en la Torta de Queso Criolla o 2 cucharadas de pan de horno molido y cernido como se usa para la Torta Bejarana, podría lograr la consistencia deseada. Como es una torta delicada, antes de hornearla voy a enmantequillar el molde como explica la receta original, pero luego lo voy a forrar bien con papel parafinado, una vez que esté bien pegado o ajustado volveré a enmantequillar el papel y a espolvorear con 1 ó 2 cucharadas de harina de trigo o de pan molido cernido. Cuando cubra el molde con papel parafinado dejaré que el papel sobresalga unos 3 centímetros por encima del borde, esto es lo que me ayudará a sujetar y poco a poco halar para sacar la torta del molde una vez esté horneada.

Los mantendré informados de mis próximas pruebas de LA TORTA VENEZOLANA. Hagan la prueba y me cuentan.

jueves, junio 21, 2012

Plátano (musa paradisiaca)


Musa paradisiaca
El plátano
(Musa paradisiaca)
Gonzalo Fernández de Oviedo (Madrid, 1478 - Valladolid, 1557), militar, escritor, cronista y colonizador español; durante su segunda estadía en América, escribió el Sumario de la Natural Historia de las Indias (1526). En este sumario escribió cosas como estas acerca del plátano:
“Hay asimismo unas plantas que los cristianos llaman plátanos, los cuales son altos como árboles y se hacen gruesos en el tronco como un grueso muslo de un hombre, o algo más, y desde abajo hacia arriba echa unas hojas longuísimas y muy anchas (…) En el medio de este cogollo, en lo alto, nace un racimo con cuarenta o cincuenta plátanos, y más y menos, y cada plátano es tan luengo como palmo y medio, y de la grosera de la muñeca de un brazo, poco más o menos, según la fertilidad de la tierra donde nacen (…) Esta es una muy buena fruta, y cuando los abren y curan al sol, como higos, son después una muy cordial y suave fruta, y muy mejor que los higos pasos muy buenos, y en el horno asados sobre una teja o cosa semejante son muy buena y sabrosa fruta, y parece una conserva melosa y de excelente gusto.”
(Horacio Jorge Becco Crónicas de la Naturaleza del Nuevo Mundo, Cuadernos Lagoven, Pp. 131-132, Año 1991).
Musa paradisiaca

Fernández de Oviedo escribió esta descripción del plátano 34 años después que Colón llegara a nuestro continente. La ve como una fruta corriente y abundante en el suelo americano. Ahora bien, surge una pregunta importante: ¿es el plátano una fruta oriunda o nativa de América, como el tomate, el aguacate o la fresa, por ejemplo?
El plátano no es originario de nuestro continente. Es una herencia más producto del proceso colonizador y de mestizaje, una fruta foránea que hace medio milenio llegó a enriquecer de una manera muy profusa y diversa la dieta del hombre americano, casi que en el mismo orden del maíz, la yuca y la batata, entre otros alimentos oriundos que han forjado los hombres que somos hoy en día.
En los escritos de otro cronista importante de la época de la conquista de América, el padre José de Acosta (Medina del Campo, 1540 – Valladolid, 1600) antropólogo y jesuita, queda registrado de dónde puede ser nativo el plátano:
“Pasando a plantas mayores, en el linaje de árboles el primero de Indias de quien es razón hablar, es el plátano, o plantano como el vulgo le llama… Las hojas del plátano de Indias son de maravillosa grandeza, pues cubrirá una de ellas a un hombre poco menos que de pies a cabeza. Así que no hay para que poner esto jamás en duda: mas puesto que sea diverso este plátano de aquel antiguo, no por eso merece menor loor, sino quizás más por las propiedades tan provechosas que tiene…  quiere mucha humedad el plátano, y tierra muy caliente: échanle al pie ceniza para más beneficio: hácense bosques espesos de platanares, y son de mucho provecho, porque es la fruta que más se usa en Indias, y es casi en todas ellas universal, aunque dicen que su origen fue de Etiopía, y que de allí vino, y en efecto, los negros lo usan mucho, y en algunas partes este es su pan: también hacen vino de él. Cómese el plátano como fruta así crudo: ásase también, y guisase, y hacen de él diversos potajes, y aun conservas, y en todo dicen bien.”
(Horacio Jorge Becco Crónicas de la Naturaleza del Nuevo Mundo, Cuadernos Lagoven, Pp. 133-134, Año 1991).


Tanto Gonzalo Fernández de Oviedo como el padre José de Acosta, para el momento de sus observaciones, registraron que el plátano abundaba en las zonas tropicales y ecuatoriales de nuestro continente. Se había naturalizado con tanto éxito que formaba parte del paisaje natural y era sustento diario de la vida durante la conquista y la colonización. De ser así, se puede afirmar que el plátano llegó en las primeras huestes conquistadoras, primero a las islas como la Española, Cuba, Cubagua, Margarita, etc., y luego cuando penetraron por primera vez tierra firme a través del río Orinoco y así sucesivamente por cada lugar o pedazo de tierra que fueron conquistando desde México hasta el Perú. De tal manera que para finales del siglo XVI, el plátano, planta de lejanas tierras, ya se había adaptado como una fruta más de nuestro continente.

“Hay unos plátanos pequeños, y más delicados y blancos, que en la Española llaman Dominicos: hay otros más gruesos, y recios, y colorados. En la tierra del Perú no se dan: tráense de los Andes, como a México de Cuernavaca y otros valles. En Tierra Firme y en algunas islas hay platanares grandísimos como bosques espesos…” 
(Horacio Jorge Becco Crónicas de la Naturaleza del Nuevo Mundo, Cuadernos Lagoven, Pág. 134, Año 1991).

lunes, junio 11, 2012

Mango (mangífera indica lennis)




El Mango

Cuando niño, siempre llamó mi atención la abundancia de mango en Ciudad Guayana. En el patio de mi casa había 4 matas y lo mismo era en los patios vecinos. En casa de la señora Eugenia había 8 matas; era increíble como “mageña” (así le decíamos amorosamente), molesta, echaba de su patio a aquella muchachera que acudía a tumbar los mangos de hilacha y los mangos de “bocao”, los mejores de nuestra calle.  Había matas de mango en todas las casas y calles de Bella Vista y en la plaza de la Iglesia, en las escuelas, en los parques, en las avenidas y ni hablar en las fincas, fundos y haciendas que de niño solíamos visitar en paseos domingueros o de fines de semana.

Recuerdo que durante Abril y  Mayo  Guayana era un suelo regado por mangos. Época para  comer ensalada de mango verde con sal y pimienta, cocinar mango al curry y acompañarlo con arroz blanco, sancocharlo y hacer el carato de mango y con la misma pulpa sancochada preparar la jalea, la mermelada y una preparación divina llamada “espuma de mango verde”. Mucho tiempo antes de que el afamado y reconocido chef Ferra Adrià deconstruyera los alimentos y los presentara en espuma, los nativos de Guayana transformábamos la pulpa del mango verde en una sublime espuma con la que coronábamos todas nuestras maneras de saborear y aprovechar esta prolifera fruta.

Hoy en Caracas, a más de 900 kilómetros de distancia de la tierra que me forjó, descubro en mis lecturas que Guayana es la tierra que dio el mango al resto de nuestro país. Si señor, para orgullo de todos los guayaneses, lean esto y no lo olviden mis coterráneos, en Angostura, hoy Ciudad Bolívar, en toda esa tierra que riega el Orinoco y el Caroní: San Félix, Los Castillos de Guayana, La Sierra del Imataca, Upata, El Manteco, Tumeremo, Guasipati, El Callao, El Pao,  allí en esa basta y primitiva tierra se sembró por primera vez la semilla de esta exquisita y suculenta fruta. Los registros históricos confirman que fue en el año 1.789, nuestro libertador Simón Bolívar tenía 6 años de edad.

Pero será mejor que los deje con una interesante lectura, extraída de un libro titulado Nuestra cultura gastronómica: origen, influencias y mestizajes, publicado por la Fundación Venezuela Positiva. La investigación pertenece al reconocido historiador y periodista, nacido en Tumeremo el Dr. Carlos Alarico Gómez. Espero la disfruten:



Fermín de Sancinenea

En efecto, la sabrosísima fruta, que tanto disfrutamos cuando niños sin preocuparnos por saber su procedencia, entró en nuestro territorio de la mano del navegante Fermín de Sancinenea en el ya lejano año de 1789, suceso que le informó con detalles al ministro Antonio Valdés en carta que le envió el 29 de abril de ese año, en la que le decía que logró sembrar en Angostura (hoy Ciudad Bolívar), con permiso del gobernador de la provincia, "... las plantas y semillas de que Vuestra Excelencia quedará impuesto por el adjunto documento que acompaño...". Y en el referido anexo, Sancinenea especificaba que había sembrado canela, nuez moscada, el clavo, la pimienta de Castilla y el mango, precisando que esta última se produce en la isla de Ceilán (Sehilán en el original), en la India, de donde fueron conducidas al Nuevo Mundo.

En el documento se explica el modo cómo Sancinenea le repartió la semilla a varios hacendados y vecinos de Guayana, entre quienes se hallaba su amigo Félix Farreras, a quien le informó cuál era la mejor fecha y el método más adecuado para sembrarla, lo que debía seguirse al pie de la letra si se quería obtener frutos jugosos y hermosos. La técnica le había sido confiada por los hindúes de Cayena a los que compró las semillas. En esa época, los nacionales de ese país emigraban en gran cantidad a la isla de Trinidad y a la región guayanesa que ocupaban los franceses y holandeses. Faltaba todavía algún tiempo para que Francia le cediera parte de su colonia a Inglaterra (1815) y se constituyera la Guayana Británica.

Sancinenea tuvo suerte en lograr que su mensaje fuese captado a plenitud, lo que permitió la rápida reproducción de la planta, que se adaptó estupendamente a la geografía de la Guayana venezolana y, más tarde, a la del resto del país, tal como pudo comprobar Alejandro de Humboldt en 1800 durante su visita a la ciudad de Angostura (Viaje a las Regiones Equinocciales, IV, p. 396), ocasión en que fue atendido por Farreras, quien había llegado a alcanzar una posición de gran importancia en esa región. Su relevancia era tal, que fue uno de los que extendió certificado de reconocimiento al gobernador Manuel de Centurión Guerrero en 1771, dando fe sobre sus realizaciones en materia de poblamiento y administración, documento en el que también aparecen las firmas del vicario Andrés Callejón y del comandante Nicolás Martínez, entre otras.

Otro dato importante en torno a este hecho es que Sancinenea remitió al conde de Campoalange, consejero de Estado de Carlos IV, los certificados que avalaban la introducción del mango en Guayana, que le fueron proporcionados por el gobernador y por el Cabildo de Angostura. La correspondencia la redactó en una carta fechada en Aranjuez el 27 de mayo de 1795, mientras se encontraba en España, en la que aportaba datos de gran interés que le abrieron las puertas del Palacio Real, siendo atendido personalmente por Campoalange, quien después de constatar la documentación que le fue consignada, procedió a felicitarlo y de inmediato tramitó su designación como Capitán de Puerto en la ciudad de Puerto Cabello, así como su ascenso al grado de Capitán de Navío, cargo que le fue concedido y que desempeñó a cabalidad, como había sido su conducta en todas las posiciones que logró obtener durante su larga e intensa vida.

Años después, cuando se sintió envejecer, solicitó su pase a retiro a don Manuel de Guevara y Vasconcelos, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, quien accedió a ello y, en consecuencia, le escribió a Carlos IV pidiéndole que le concediera la jubilación requerida en carta fechada el l7 de diciembre de 1803. La solicitud fue aceptada por el monarca, lo que le permitió a Sancinenea regresar a España en el atardecer de su existencia, después de haber tenido una vida plena de hallazgos y realizaciones, entre las que se destaca la introducción del mango en Venezuela.  

Visión retrospectiva: ¿Cómo entró el mango en Venezuela?

Fermín de Sancinenea era un marino nacido en la población de Fuenterrabía, provincia de Guipúzcoa, quien muy joven se embarcó hacia América en un barco de la Compañía Guipuzcoana y, después de varios años de servicio, logró en 1757 que el gobernador de La Española le otorgara el título de Capitán de Mar y Tierra del paquebote Nuestra Señora de la Concepción, con lo que mejoró notablemente su posición, ya que a partir de ese momento tendría bajo su responsabilidad el comando de un buque encargado de transportar pasajeros y correspondencia entre España y los puertos américanos.

Fue justamente esa actividad la que le permitió llevar el mango a la población de Angostura, en Guayana, treinta y dos años más tarde.  La explicación de la manera cómo  logró encontrar e introducir la mencionada fruta en nuestro país se encuentra en la carta-informe que envió al gobernador de la Provincia, la cual fue encontrada por Ojer en 1954 en el Archivo de Simancas, ubicado en Valladolid, España, mientras efectuaba estudios de post-grado en ese país. En el documento, Sancinenea narra las peripecias del viaje que empezó el 19 de enero en Angostura y que continuó por el caño de Imataca, después de un breve descanso en los Castillos de Guayana, cercanos a San Félix.

Su viaje lo prosiguió navegando hacia la isla de Tobago en la que encontró al conde de Dilón, gobernador de Martinica, a quien condujo a esa isla francesa, permaneciendo allí una corta temporada. Luego tomó rumbo a Cayena, capital de la Guayana Francesa, donde adquirió la semilla del mango, además de las otras ya mencionadas, las cuales llevó a Angostura en abril de ese mismo año, tres meses antes de que Bolívar cumpliera su sexto aniversario. Veintiocho años después, el Libertador tendría la oportunidad de saborear la deliciosa fruta al lado de su amada Josefina, en las riberas del inmenso Orinoco.

Sobre la vida de Sancinenea trabajó también Diego Serpa Arcas, quien se topó con la figura del guipuzcoano mientras investigaba la ruta de Humboldt, habiendo llegado a la conclusión de que fue ese hombre de mar el que introdujo el mango en Venezuela y de su labor dejó constancia en un artículo que publicó en El Universal  del 26 de mayo de 1985.