“La fuerza de una nación no está en un líder, sino en la conciencia de su gente.”


Más allá de la ideología: poder, conciencia y dignidad en Venezuela

Reflexión de un venezolano sobre liderazgo y responsabilidad ciudadana

 

Durante años evité hablar de política en público. No por indiferencia, sino por decepción. Este texto nace desde otro lugar: la madurez, la autocrítica y la convicción de que ningún país se reconstruye sin ciudadanos conscientes de su responsabilidad frente al poder.

Hay fracasos políticos que se miden en cifras.

Y hay quiebres históricos que se sienten como heridas morales.

 

Lo que ocurrió en Venezuela no fue solo un mal gobierno. Fue la ruptura de un pacto social: la quiebra de la responsabilidad entre quienes recibieron el poder y quienes confiaron en ellos.

 

Aquel liderazgo, a quien se le confió la custodia y la administración de la justicia, no era desconocido. Su historia estaba a la vista: fuerza, ruptura, intento de tomar el poder con violencia, rompiendo el orden constitucional y dejando víctimas inocentes en ese proceso. Muchos lo sabían. Yo lo sabía. Y por eso nunca lo apoyé. Para mí era imposible creer que alguien que había violentado la Constitución pudiera luego convertirse en garante de la dignidad y la soberanía nacional.

 

Pero aquí está lo más difícil de admitir: aunque algunos vimos el peligro, no logramos impedir que llegara al poder.

 

Cuando finalmente llegó, una parte importante del país decidió confiar. No tanto por ignorancia, sino por esperanza, por rabia acumulada, por cansancio, por necesidad de creer que alguien fuerte podía cambiar lo que estaba mal.

 

Tal vez no fue un pacto cívico maduro y sensato.

Tal vez fue algo más frágil y profundamente humano: preferimos dar una oportunidad al líder temerario antes que cerrar la puerta para siempre.

 

Esa disposición a perdonar, a creer en la posibilidad de redención, forma parte de nuestra cultura. Tiene raíces cristianas, compasivas, profundamente humanas. Pero cuando esa compasión no va acompañada de límites institucionales y conciencia cívica, se convierte en vulnerabilidad política.

 

Ahí comenzó la tragedia.

 

La fuerza prometida para dignificar se convirtió en una fuerza que dividió y sometió. Lo que se presentó como justicia sembró resentimiento. Lo que se anunció como soberanía terminó generando nuevas dependencias. Y lo que se proclamó como dignidad produjo humillación.

 

No solo pobreza.

No solo crisis.

Humillación moral.

 

Con el tiempo, quienes heredaron ese poder también traicionaron el discurso que los justificaba. Las grandes palabras siguieron repitiéndose, pero cada vez más vacías. Se hablaba de dignidad mientras se actuaba sin ella. De soberanía mientras se negociaba con sumisión. Del pueblo mientras se le cerraban los caminos para decidir.

 

Pero esta historia no puede entenderse solo como el fracaso de una ideología. También exige una reflexión más profunda sobre el peligro de las ideologías cuando se convierten en dogmas.

 

Las ideas de justicia social o de igualdad no son veneno en sí mismas. Se vuelven veneno cuando se colocan por encima de la realidad humana concreta, cuando sustituyen la ética por la obediencia ciega, cuando justifican cualquier medio en nombre de un fin superior.

 

La vida humana es frágil, diversa y compleja. Forzarla a encajar dentro de un molde ideológico termina rompiéndola.

 

Yo vengo de un sector del país que se organizó durante años para exigir derechos, denunciar la corrupción y luchar por mejoras reales para su comunidad. Esa raíz sigue viva en mí. Nunca la he olvidado. Ese sector anhelaba justicia social y, por eso, muchos vieron en el llamado socialismo del siglo XXI una oportunidad histórica.

 

Pero ahí estuvo, a mi juicio, el error decisivo: no se equivocaron en desear justicia, se equivocaron en el tipo de liderazgo al que le confiaron esa tarea.

 

El liderazgo que se eligió no estaba guiado por una visión amplia de país ni por una cultura democrática profunda, sino por resentimientos, impulsos de confrontación y una comprensión limitada del poder. Cuando la mirada histórica es estrecha, las decisiones también lo son.

 

Y también es necesario decir algo incómodo: las injusticias que precedieron a ese proceso no eran invisibles. Muchos sabíamos que el país arrastraba décadas de corrupción, clientelismo y deterioro institucional. Esa cultura no estaba solo en las élites. Se había filtrado en todos los niveles de la sociedad. Había solidaridad, sí, pero también tolerancia hacia el abuso, admiración por el “vivo”, resignación ante el corrupto y comodidad frente al poder mientras no nos afectaba directamente.

 

Esa fragilidad cívica debilitó nuestra capacidad de exigir reglas claras y límites al poder.

 

De ahí nace una lección que hoy me parece ineludible.

 

Un contrato social no es un acto emocional. Es un acuerdo moral y jurídico que debe respetarse. Y cuando se rompe, no se responde con fe ni con idolatría, sino con instituciones, leyes y responsabilidad.

 

Un líder no es un redentor. No es un salvador. No es la encarnación del pueblo. Es —o debería ser— un administrador provisional del poder, un servidor público temporal que debe rendir cuentas.

 

Todo lo que supere esa idea es el comienzo del peligro.

 

Y ese peligro no depende del género del líder. No se trata de encontrar al “hombre fuerte correcto” … ni a la mujer providencial. Cada vez que una sociedad deposita su esperanza en una figura salvadora —sea quien sea— debilita su propia madurez cívica.

 

Los pueblos no se reconstruyen idolatrando líderes.

Se reconstruyen cuando aprenden a custodiar el poder en lugar de rendirse ante él.

 

Tal vez la nueva oportunidad para Venezuela no dependa de encontrar a quien nos represente con más fuerza, sino de formar ciudadanos que no vuelvan a entregar su conciencia a cambio de promesas.

Comentarios

Guillermo Suárez ha dicho que…
Querido hermano gracias por tus palabras, espero poder debatir contigo algún dia como nos lo merecemos. Te abrazo y te quiero.