sábado, junio 25, 2011

La piña

Esta deliciosa fruta es nativa de nuestro continente, específicamente de América Central. Hay países de Suramérica y también de Europa que la llaman ananás, es un nombre que los conquistadores portugueses sacaron de la palabra o sonido guaraní nana.

Los conquistadores no tardaron en aceptar las bondades alimenticias y placenteras de esta exótica fruta. Ellos la compararon con la piña de los pinos, sólo en su forma exterior; comparación bien ingenua y osada pues nada tiene que ver entre ellas. Imagino que se dieron cuenta rápido de esa triste comparación, diferentes testimonios en crónicas de la época, muestran las diversas alabanzas que hicieron a la piña: “su sabor, su aroma y la textura de su pulpa”. En algunos casos, hubo quienes salieron en su defensa puesto que, en la época, la piña tuvo sus detractores. Un tal padre Acosta afirmó: “algunos tienen opinión que engendra cólera, y dicen que no es comida sana, más no he visto experiencia que las acredite mal.” Muchos cronistas describieron su olor como una mezcla de melocotones, membrillos o manzanas y melones. Otros más osados afirmaron que tenía olor a nuez moscada.

Fue uno de los frutos del Nuevo Mundo que más rápido viajó y bastante lejos. A comienzos del siglo XVII, ya se cultivaba en Asia. A África, la llevaron los conquistadores y colonizadores portugueses. En Francia, Luis XV ordenó cultivarla en los jardines del palacio Versalles. En el siglo XVIII, se cultivaba en los jardines del Quirinale y del Vaticano, donde fue considerada la reina de las frutas. Se dice que un ilustre cocinero de esa época propuso la fabricación de gelatina de piña para hacer sorbetes y helados y así no faltara cuando no había cosecha.

La piña o ananás es muy rica en vitaminas A, B y C, glúcidos y sales minerales. Muy nutritiva, diurética y ayuda a rebajar pues limpia de impurezas el aparato digestivo. Ayuda a hacer una buena digestión de las proteínas, por eso es ideal como postre después de las comidas.

Fernández de Oviedo (Conquistador): “…esta es una de las más hermosas frutas que yo he visto en todo lo que del mundo he andado (…) Gustarla es una cosa tan apetitosa y suave, que faltan las palabras (…) porque ninguna otra fruta puede comparársele.”

(JUANA BARRIA, El Otro Oro de América, Los Alimentos y la Cocina del Nuevo Mundo, Editorial Albatros, Argentina, 1992, pp. 311-312)

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