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| Tiempo, memoria… y medida. |
Limonada de Semana Santa
Taberna
del Peregrino
En
las tierras de Castilla y León, donde el viento recorre abiertamente los campos
de cereal y el tiempo parece demorarse entre antiguas iglesias, hay tradiciones
que no necesitan escribirse: se transmiten.
La
limonada de Semana Santa es una de ellas.
En
Tierra de Campos, y de forma muy especial en la provincia de Palencia, esta
bebida aparece en estos días de recogimiento y encuentro. No responde tanto al
apuro como a la espera. Durante horas —a veces días— el vino se deja acompañar
por cítricos, azúcar y especias, en un proceso lento en el que el tiempo, más
que un medio, acaba formando parte de lo que sucede.
Sus
raíces se sitúan en el medievo, en el antiguo Reino de León, en un tiempo de
tensiones sociales y religiosas. Con los años, aquella práctica fue encontrando
su lugar hasta convertirse en costumbre compartida.
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| Mientras tanto, afuera, la tradición sigue su curso. |
En
la Taberna del Peregrino hemos querido, por fin, honrar esta tradición. También
en reconocimiento a quienes, sin imponerla, han sabido recordarnos su valor.
Entre ellos, Pablo, del Mesón de los Templarios, que durante años nos animó a
dar este paso.
Hoy,
simplemente, toma forma.
Pero
esta limonada guarda también un pequeño viaje.
Vengo
de una tierra donde la limonada es otra cosa: agua, azúcar y limón. A veces
papelón. Siempre fría. Una bebida hecha para el calor, para aliviar la sed.
Aquí,
en Castilla, la limonada se toma de otra manera: no enfría, sino que templa; no
apaga, sino que acompaña. Tiene algo de pausa, de conversación, de tiempo
compartido. Se le llama limonada, aunque el vino tinto joven sea su base,
porque es el limón quien la transforma.
Entre
ambas no hay contradicción, sino dos formas de atender a lo mismo: el cuerpo y
el encuentro.
Al
final de su elaboración, cuando todo parece ya dicho, se añade un leve susurro
de especias. Un gesto casi imperceptible que, sin embargo, transforma el
conjunto.
Este
cierre nace de otra memoria, de otra orilla.
En
la cocina caraqueña de la Venezuela colonial existía la costumbre de cerrar
ciertos guisos con una mezcla de especias dulces. Un gesto final, casi
invisible, que no busca imponerse, sino redondear.
Así,
esta limonada de la Taberna del Peregrino une dos tradiciones que en realidad
nunca estuvieron del todo separadas: la Castilla que trajo las especias y la
América que las hizo suyas.
Porque,
al final, toda cocina honesta es memoria que viaja.
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| Antes de servir, la espera. |
Limonada del Peregrino (3
litros)
Ingredientes:
3 L de vino tinto joven
5–6
limones (zumo y piel sin parte blanca)
2 naranjas
300 g de azúcar
2 ramas de canela
1
puñado pequeño de pasas
1
puñado pequeño de higos secos
Aporte
de casa:
50
ml de orujo blanco
50
ml de orujo de café
(El
uso de orujo, blanco y de café, responde a una costumbre extendida en la zona,
donde forma parte natural del carácter de la bebida.)
Polvo
colonial del Peregrino:
¾
cucharadita de canela en polvo
Una
pizca de clavo molido
Una
pizca muy pequeña de nuez moscada
Elaboración:
Maceración:
Mezclar
el vino con las pieles y zumo de los cítricos, el azúcar, la canela en rama,
las pasas y los higos.
Dejar
reposar en frío entre 48 y 72 horas, removiendo ocasionalmente, en un envase
con tapa segura.
Incorporación
del orujo:
Añadir
el orujo blanco y el de café en las últimas 12–24 horas de maceración.
Filtrado:
Colar
la preparación —preferiblemente con tela o muselina—, retirando todos los
sólidos, hasta obtener una bebida limpia.
Cierre:
Añadir
el “polvo colonial”, remover suavemente y dejar reposar unas horas más.
Servicio:
Servir
muy fría, procurando no enmascarar sus aromas.
Se
ofrece en una sola copa, acompañada de saladillas, como es costumbre en la
zona.
Puede
tomarse una segunda copa, aunque la medida forma parte de la experiencia:
relajar el carácter sin soltarlo del todo.
Esta
limonada no busca reinventar nada.
Busca, simplemente, estar a la altura de lo que ha sido recibido.
Y
quizá, con el tiempo,
llegar
a formar parte de aquello que merece ser recordado.
Carrión
de los Condes 31 de marzo de 2026




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