Frente al mar siempre hay algo que espera. A veces es un cuerpo. A veces es un recuerdo. A veces es un país entero viviendo dentro de uno.


Guanaguanare trasatlántico.

Una canción, una diáspora y un país que aún vive en el corazón.

El pasado diciembre, a pocos días de Nochebuena, una canción llegó a mí como llegan las cosas que no se buscan pero estaban esperando su momento. Fue el algoritmo de Spotify quien la puso en mis oídos, pero lo que se abrió no fue una simple reproducción musical: fue una puerta.

Apenas sonaron los primeros versos, yo ya no estaba donde estaba. No estaba en España, no estaba en invierno, no estaba lejos. Estaba de nuevo frente al mar de mi infancia, bajo un cielo claro, en esa hora incierta donde la noche se retira y el día todavía no ha terminado de nacer. La canción era “Guanaguanare”, parte del imaginario navideño popular de mi tierra, y sin darme cuenta me estaba devolviendo algo que creía guardado solo en la memoria: la sensación de pertenecer a un lugar que aún vive en mí, aunque me separen de él miles de kilómetros y un océano entero.

Pero no fue solo nostalgia. Fue algo más hondo.

La canción comienza en un amanecer: una nube blanca, un rayo de sol, un lucero que muere. Esa imagen, tan sencilla, contiene un tránsito: algo se apaga para que otra cosa pueda nacer. El lucero que desaparece no es tragedia; es anuncio de día. Desde sus primeros versos, la canción habla de paso, de transformación, de un tiempo que termina para que otro pueda empezar. 


“Los símbolos no hacen que las cosas pasen, pero nos permiten habitar el dolor sin rompernos.”

Luego aparece el Guanaguanare, ave marina, volando bajo, picoteando sobre la mar serena. No vuela alto ni distante: vuela cerca del agua, como si rozara la emoción humana. En la tradición poética antigua, las aves son mensajeras. Aquí, sin solemnidad ni teoría, esa ave popular cumple el mismo papel: llevar palabras donde el cuerpo no puede llegar.

Mientras escuchaba la canción, algo en mí empezó a moverse con una intensidad que no esperaba. Pensé en mi país, en Venezuela, en su dolor largo, en la herida abierta de la humillación política, en la sensación colectiva de haber sido traicionados en nuestra confianza, en nuestro gentilicio, en nuestra dignidad. Pensé en la diáspora, en los que se fueron, en los que se quedaron, en los que resisten como pueden. Y sin planearlo, sin ritual, sin nombre divino al cual dirigirme, hice una súplica interior.

Le hablé al Guanaguanare como si pudiera oírme. Le pedí que, entre su vuelo, entre sus alas y la brisa, se llevara lejos el dolor de mi tierra. Que lo dispersara mar adentro. Que trajera de vuelta, hacia nuestras costas y hacia el interior del país, algo distinto: esperanza, vida, libertad, justicia. No sabía a quién imploraba. Soy agnóstico. Pero en ese momento no importaba la teología; importaba el amor. 

“No recé a un nombre. Le hablé al símbolo.”

Lo que sentí después no fue exaltación ni fantasía. Fue certeza. Y sosiego. Una paz extraña, como si por un instante el dolor no tuviera la última palabra.

La canción seguía hablando de espera, de Nochebuena como tiempo de encuentro, de un farallón donde alguien aguarda firme frente al mar. Ese farallón se me volvió imagen de un país que, aunque golpeado, no ha desaparecido. Un país que todavía espera de pie, mirando hacia el horizonte.

Con el paso de los días, guardé esa experiencia en silencio, casi con cuidado, como quien protege una llama pequeña del viento. No la entendí como magia ni como intervención sobrenatural. La entendí como un acto interior: el momento en que el dolor por la tierra se transforma en deseo activo de bien.

La cultura popular tiene esa fuerza. Lo que la política hiere, la canción lo conserva. Lo que la historia rompe, la memoria cantada lo vuelve a tejer. “Guanaguanare” no es solo una canción navideña: es un pequeño depósito de identidad venezolana. En ella vive nuestra relación con la naturaleza, nuestra ternura, nuestra manera de hablarle al mundo con imágenes sencillas pero hondas. 

“Un país no es solo un territorio. Es algo que sigue latiendo dentro de quien lo ama.”

Hoy creo que esa canción dice algo esencial sobre nosotros. Habla de ausencia, sí. Habla de distancia. Pero también habla de vuelo, de mensaje que viaja, de amanecer que llega aunque primero deba apagarse un lucero. Habla de una mar que puede volver a estar serena. Habla de alguien que espera, no con rabia, sino con amor.

Tal vez rescatar a Venezuela no empiece solo en grandes discursos ni en gestas espectaculares, sino en algo más íntimo y profundo: volver a nuestra manera de ser. Volver a la calidez, al canto, a la solidaridad espontánea, a esa capacidad de convertir el dolor en música y la espera en esperanza.

El Guanaguanare sigue volando en esa canción. Y mientras siga volando dentro de nosotros, cruzando el océano, llevándose el ruego y trayendo de vuelta la posibilidad del amanecer, hay algo de nuestro país que aún no ha sido vencido.

Todo exilio tiene un borde. Y todo borde, por más duro que parezca, sigue mirando hacia el horizonte.



Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hola hermano, cómo no detenerme a leer tú contenido tan cargado no de imaginación o fantasías sino de aquello que vivimos, tus palabras escritas narran la larga caminata que nos tocó recorrer cuando no fue lo que elegimos pero hoy estás escribiendo y eso sí que le da sentido a lo mucho que al principio no entendíamos. Bueno ahora tengo a un nuevo escritor que seguir leyendo.
Anónimo ha dicho que…
Muchas gracias hermano. Tus palabras son sinceras y profundas. Es un honor para mí recibirlas con mi mente y mi corazón abiertos, permeables por las palabras.